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Las cosas sencillas

Hace tanto tiempo que no escribo que entro en la página y han cambiado hasta los gráficos. Pasó tanto tiempo que en León ya no hace frío, estoy morena, tenemos el jardín lleno de flores e, incluso, escribo con otro ordenador. Y es que la vida de adulta es demasiado comprometida, tanto que no tengo tiempo ni de dedicarle espacio a las cosas que más me gustan.

Pero hoy no sé por qué, me siento lo suficientemente tranquila y conforme como para usar unos preciados minutos de mi tiempo y escribir algo, no esperéis mucho…el proceso en el que estoy sumergida desde hace más de un año está acabando con mi creatividad y neuronas.

Escribo “esperéis” como si diera por hecho que alguien sigue entrando aquí a leerle, ¿pero quién iba a ser el iluso que creyera en mi después de tanto tiempo sin escribir? ¡Si la última entrada fue sobre Navidad!

En fin…al lío, aunque realmente no tengo muy claro sobre qué escribir. Podría hablar sobre las consecuencias de vivir en un sistema sumamente exigente, de lo exigentes, incluso, que podemos llegar a ser con nosotros mismo o lo bonito que sería ir contra ese sistema de exigencias y autoexigencias. Pero no, después de haber estado más de 12 meses metida en este proyecto que, si va bien, contaré, valoro las cosas sencillas de la vida, esas que me aportaron, me aportan y me aportaran, en los momentos más anodinos , tranquilidad, relajación y dulzura. No sé si a los demás le servirán pero a mí…me causan placer, sensualidad, ternura, paz, cielo, algodón, orgasmos mentales,…uso palabras que no debería pero es que no existen adjetivos para describir las sensaciones que me trasmiten esos pequeños detalles. Ahí van alguno de ellos, espero que si leéis esto lo pongáis en práctica.

Andar descalzo por casa, por el césped y encima de la tierra mojada después de llover.

Sentarme al lado de mi acompañante en un restaurante, estar enfrente, tan lejos, nunca me gustó. Nada iguala el calor cercano, una mirada con un fondo de olores maravillosos, una caricia…las caricias sí que son orgásmicas.

Comer en un prado de una montaña. Después tumbarme y mirar el cielo azul, cerrar los ojos y centrarme única y exclusivamente en escuchar la banda sonora de la naturaleza.

Acariciar a mi perro, mimarle, intentar agarrar su pequeña lengüita mientras me lame, jugar con él y finalmente acabar mirándonos profundamente.

Leer un capito del libro de aventuras quincenal, conseguir tiempo para ello es difícil pero cuando lo logro es…viaje, evasión y libertad.

Comer las patatas fritas que hace mamá con huevos fritos caseros…qué placer culinario. Qué sencillo pero que placentero y si encima lleva pimentón picante por encima…para morirse.

Acariciar a mis abuelas, sus ojos al hacerlo dicen tanto. Las amo. Un amor que incluso duele al pensar en el tiempo.

No necesitar a un compañero de vida para ser feliz. Esta ha sido la mayor evolución intelectual, personal y emocional que he logrado en la vida. Me siento tan orgullosa conmigo misma que me podría dar hasta una medalla.

Inmediatamente después a la anterior, hacer planes sin necesidad de que nadie más venga. Algo impensable para los humanos, seres puramente sociales. Pero he crecido, me he empoderado y sé que no hay mejor y más sana compañía que la mía.

Esta contradice un poco a la anterior, pero una cosa no quita a la otra. Hacer planes con mis amigas y familia y cumplirlos. ¡¡Cómo me gustan las aventuras¡¡

Tomar café del termo que siempre lleva Esther. ¡¡Qué rico después de las rutas!!

Estar cada vez más tiempo sin tecnología.

Hacer productos con la naturaleza.

Recolectar flores y plantas medicinales, me encanta haberme convertido en una medio bruja, digo medio porque la otra mitad es elfo.

Secar el pelo al sol, odio el secador y las planchas.

No maquillarme, adoro la libertad de sentir mi piel limpia.

Conducir  sola, con la música a todo volumen, tener el modo aleatorio, que suene una canción que me emociona y terminar llorando (¿qué pensarán los coches de al lado?)

Querer sin censura.

Ser tremendamente empática.

Limpiar el monte.

Tener sueños y cumplirlos.

Ser una aventurera.

Haberme convertido, junto con mi hermana, en las raras por pensar diferente. Me encanta ser diferente, o la oveja de color como alguien dijo una vez.

Puedo seguir y seguir, pero la mayor parte de las cosas sencillas, que me hacen sentir bien me llevan a la naturaleza. Adoro la madre tierra, mi pachamama querida.

Y como siempre me gusta hacer, termino reivindicando que aprender a vivir con menos es lograr evolucionar o, más bien, involucionar; hace miles de años nuestros antepasados vivían con lo básico  y eran tremente felices. Nosotros, hoy en día, los más inteligentes, hemos caído en la trampa, creemos que necesitamos tantas cosas para vivir que nos pasamos la vida trabajando para conseguir todas esas cosas que se supone que nos hacen felices. Y mientras trabajamos para conseguir lo material, la vida se pasa y con ella nuestra oportunidad de ser humanos.

Solo conozco una persona que ha conseguido evolucionar/involucionar y ser feliz, realmente feliz sin necesidad de añadidos, mi PADRE. Mi padre es un ser superior en todos los aspectos, no solo por el hecho de ser mi padre, sino por su forma de vida. No usa tecnologías, ni siquiera lleva reloj, el se guía por el sol; no usa móvil, solo, muy de vez en cuando, uno de teclas antiguo que le han obligado mi madre y mi hermana mayor a tener por si pasa algo mientras está en el campo (la mayor parte del tiempo lo tiene en un cajón sin batería); es una persona tremendamente concienciada con la naturaleza, ama la tierra que tanto le ha aportado, no usa prácticamente pesticidas; no es una persona consumista, vive con lo básico y todo lo que se compre que no sea necesario el piensa que es un absurdo (y es verdad, es así); es una persona tremendamente empática y respetuosa, algo que escasea en el mundo “inteligente” de hoy en día; es maestro de vida, educador, creativo, artístico, saludable, deportista…y de las cosas que más me gustan, se cuida, tiene en cuenta su alimentación y no toma bebidas alcohólicas, productos industriales, bebidas gaseosas…yo quiero alcanzar el nivel mental y espiritual de mi padre, él sí que me aporta cosas buenas en mi día a día.

Él, mi madre y mi hermana son los que realmente me hacen feliz en mí día a día. Termino diciendo que cuidéis y paséis tiempo con vuestra familia, es lo más bonito y valioso que tenemos y tendremos.

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"NaturARTE/NavidARTE"

Después de unos cuantos meses sin pasar por aquí, vengo a contaros algo de lo que no corresponde escribir  ni por fechas ni por espíritu. Pero yo soy así, siempre al contrario del mundo o bueno en este caso, más bien, ha sido por falta de tiempo.

Resulta que este año queríamos, mejor dicho quería pero siempre acabo involucrando a todos en mis ideas, decorar la casa con motivos navideños, pero no como otros años, este iba a ser un auténtico reto. La idea era recurrir lo menos posible al plástico, utilizar solo recursos que la naturaleza nos da y reutilizar cosas que tuviéramos por casa.

Lo primero que quería hacer era un calendario de adviento, pero no de esos típicos que vienen con chocolates repletos de azúcar en su interior. Yo quería algo diferente. Entonces me puse a pensar en cómo lo podría hacer y dándole muchas vueltas llegué a una idea interesante. Recordé que mi abuela tenía en la panera las ventanas antiguas que había retirado hace unos cuantos años. Son unas ventanas de madera color azul que me encantan y la verdad es que todo lo de antes me parece mucho más estético que lo de ahora. Bueno, que me lio. Fui a casa de mi abuela y con ayuda de mi padre baje de la panera una ventana. Escogí una que ya no tenía cristales para que me fuera menos pesada de manejar. La limpie y mi padre me la trajo con el carretillo.

Así sin nada encima me parecía que quedaba muy sosa, que no trasmitía nada relacionado con la naturaleza y básicamente era lo que yo quería, asociar navidad y naturaleza. Entonces dicidí que utilizaría ramas de dos variedades de pino y escaramujo de ese que en estas fechas recubre de rojo nuestros campos.

Gracias a la gran ayuda de mi hermana Miriam completamos un soporte precioso para el calendario de adviento. El siguiente paso fue clavar unas pequeñas puntas para atar una cuerda donde colgar los 25 días.

Ya tenía la ventana y los sobres de los días que había hecho yo misma con folios, lazos, pino y escaramujo, todo cosas que tenía por casa. Hice un precioso calendario sin gastar un euro, eso sí, con mucho tiempo, dedicación e ilusión. ¿Pero que es un calendario de adviento sin nada en su interior? Ahora viene lo realmente bueno. En cada día del calendario metimos una serie de pruebas o más bien acciones necesarias que hacer en general a lo largo del año pero especialmente esos días de navidad. Miriam hizo 12 pruebas y yo 13. Algunas eran del estilo: ir a casa de abuela y pasar la tarde con ella, jugar a un juego de mesa con papá y mamá, no mirar el móvil cuando estés con gente, ir al monte y recoger objetos que te llamen la atención, escribe un texto sobre las cosas bonitas que te han pasado este año, escribe una lista de deseos para el año que viene y luego quémala, y así hasta 25 retos. La verdad es que es una sensación muy bonita levantarte y descubrir que es lo que te toca hacer ese día, muchas veces cosas que te sorprenden porque las ha escrito otra persona.

Lo siguiente era el árbol. El nuestro de toda la vida es de plástico, de esos que cuando lo pones lo dejan todo perdido y cuando lo recoges es una lucha para meterlo en la caja en la que venía. Este año prescindimos de él, no quería ni verlo y mucho menos quería ver el espumillón, no hay nada relacionado con la navidad que odie más, bueno si, los mensajes de whatsapp navideños.

Yo siempre quise un árbol de verdad, de esos que huelen a pino y no a tienda de chinos. Lo que hicimos a continuación igual está mal, no sé, pero nosotras necesitábamos un árbol de verdad. Así que una tarde cuando estaba anocheciendo cogimos una azada y un hacha y nos fuimos en busca de nuestro árbol. No voy a decir dónde lo cogimos por si alguien se ofende pero encontramos nuestro árbol, el más imperfecto de todos, tanto que estaba ladeado a causa del viento, pero para nosotras era el ideal. No queríamos que se muriera en el proceso, queríamos que siguiera en nuestra familia durante más navidades así que cavamos hondo para llegar a las raíces. Uff…fue duro, me salieron hasta cayos en las manos de tanto cavar. Al final conseguimos sacarlo, recuperamos todas las raíces que pudimos, las cortamos y lo metimos en el coche. Llegamos a casa y nuestros padres se sorprendieron tanto que nos dijeron qué a ver como pensábamos meter eso en casa. Pero al final lo logramos.

Ahora tocaba el paso de la decoración. Teníamos unas cuantas lanas en casa, de esas que se usan en la matanza, abalorios, cola y agua. Así que hicimos unas cuantas bolas y pompones. Luego encontramos lazos de otras navidades. Con todo eso decoramos el árbol y a mayores añadimos unas bolas que se le antojaron a mi madre comprar, de plástico… L pero bueno, seguía contenta porque ya era un gran logro haberla convencido para meter un árbol natural en casa.

El siguiente paso era decorar el balcón. Como dije antes odio el espumillón, así que se me ocurrió recurrir de nuevo al pino y al escaramujo. Si alguien está pensando que es malo cortar el pino, para nada; a toda planta le viene bien una poda, y más a esos pinos que casi cerraban el camino donde estaban.  

Bueno, cogí el pino y el escaramujo con ayuda de mis hermanas e incluso de Azahara, que bien se lo pasa con sus tías J y nos pusimos manos a la obra. No nos hizo falta ni cuerdas, ni bridas ni nada de plástico, solo usamos lana. Con todo decoramos el balcón, quedó tan bonito que hasta algunas vecinas del pueblo nos dieron la enhorabuena.

Y como no podía ser de otra manera, pusimos el belén y usando lo más típico, al menos aquí en el norte, musgo. Usamos figuras antiguas pero bonitas.

Al final no sé trata de ser religioso o no, de creer o no, se trata de compartir tiempo con tus seres queridos haciendo cosas en común, dejando a un lado la tele, el móvil e incluso los problemas con la única intención de disfrutar lo que estás haciendo.  Nosotros nos sentimos orgullosos, contentos de haber conseguido el reto inicial que no tenía nada que ver con la religión;  como siempre tenía que ver con la naturaleza, porque como digo siempre disfrutes como disfrutes  hazlo respetando a la madre más importante de todas, después de la tuya, la madre tierra.

Fotos del proceso

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Visita a la Hullera Vasco-Leonesa

La Hullera Vasco-Leonesa es una mina creada hace más de un siglo, concretamente en 1893. Como la mayor parte minera de León, la mina de Ciñera ha llegado a su cierre tras muchas reuniones, huelgas y piquetes. No tiene mucho sentido que cuente la historia aquí, puesto que hay fabulosos artículos en internet y en bibliotecas que hablan sobre la historia de tan destacada mina.

La verdad es que siempre me ha fascinado la historia y más la de una parte tan cercana a mi zona. Conozco a bastante gente que no conoce ni siquiera la historia de España, mucho menos la de su provincia o pueblo. Bueno que me lio, hace un par de años visite el Faedo, o hayedo de Ciñera, pero entonces no descubrí lo que está vez vi. Al comienzo de dicha ruta de senderismo hay una entrada a una mina y la verdad es que nunca me había preguntado por qué esa mina estaba ahora cerrada o qué fue lo que aconteció allí décadas atrás.

Lo malo de ser un simple turista es que te quedas con lo superficial, que unas veces está bien pero otras veces no es suficiente, y lo bueno de ser más que un turista es que puedes conocer historias y lugares alejados del ojo del viajero superficial. Esta vez y guiándonos por la opinión de mi hermana Miriam, recorrimos una ruta alternativa. En lugar de coger el camino de abajo que escoge todo el mundo, el camino más llano y con mejor acceso, recorrimos el de arriba, en el que tienes que subir una larga e interminable cuesta. Empezamos dicho recorrido andando, imaginaos la locura y reventada de esa hazaña, íbamos con una niña de tres años encima de una sillita de paseo y una mochila cargada de comida; gracias al destino, nos cruzamos con un chico del pueblo y nos dijo que se podía acceder allí de otra manera. Perdonad que no os diga cómo, aunque es muy obvio, pero no quiero contribuir a que se rompa la magia de un lugar tan bonito y ya tan atestado de turistas.

Finalmente conseguimos llegar al lugar que mi hermana Miriam había descrito; yo no confía mucho en lo que ella decía puesto que su sentido de la orientación a veces falla y no me podía creer que no hubiera visto ese lugar antes.  Llegamos arriba y el lugar era aún más fascinante de lo que me había imaginado gracias a las palabras de mi hermana. Allí pudimos ver casas abandonabas, no casas dedicadas a vivir sino construcciones dedicadas a labores mineras. Allí se respiraba un halo a tristeza, me llamareis paranoica, pero podía sentir la vida que antes hubo en esa mina. La sensación era extraña, pero quien no cambia de ojos cuando va un lugar nuevo no merece ser definido como aventurero.

Me vuelvo a liar, pero es que es difícil no dejar por escrito el conjunto de sensaciones que allí percibí. Si cerraba los ojos incluso podía ver la vida que allí había años atrás: carreras, prisas, olor a carbón, hollín por doquier, frio y nieve, el traqueteo de vagones o carretillas, caras más negras que blancas, botas llenas de barro…tenía que ser una imagen dantesca, digna de ser fotografiada.

Por cierto, llevad a los niños lugares nuevos, alejados de la ciudad o de lo que están acostumbrados a ver, contadles historias de hadas o de duendes que viven en los bosques que visitéis y dadles muchas experiencias. En definitiva, creadles mundos de magia porque bastante aburrido será todo cuando se hagan mayores.

Bueno no quiero hacer spoiler, ni romper la magia de la primera vez para los futuros visitantes. Tal vez es que soy demasiado efusiva y parece que lo vea todo con ojos de niña pero ya me contareis si os fascinó lo mismo que a mí. Os dejaré unas imágenes de lo que allí vimos, no demasiadas porque eso sí que sería un auténtico spoiler.

No seáis tan temerarios como yo y no subáis ahí arriba

Ciñera, 17 de noviembre de 2018

 

 

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Un olor otoñal

Qué bonito era no pensar, qué bonito era solo sentir.

Un olor, de repente, en la calle, en la ciudad, un día cualquiera de otoño. Tomo aire, lo inhalo, respiro profundo y este no llega solo hasta lo más interno de mis pulmones, sino que también viaja hasta los más lejanos recuerdos; me entra un nudo en el estomago, puedo olerte, puedo incluso sentir tus labios si cierro los ojos, puedo…pero no, el olor se va y la magia creada con él también. Qué bien olía esa colonia. Realmente no era la colonia la que me gustaba, lo que me gustaba era esa colonia en él, en su pelo, en sus manos cuando acariciaban mi cara o en mi almohada cuando se iba.

Llego a casa y aún estoy devastada por ese recuerdo. Y es que aunque creamos que una historia se ha ido por completo, que los recuerdos son borrosos o que las sensaciones se desvanecieron en el tiempo, no ha pasado eso; solo hace falta un instante y un olor para devolverlo todo. ¿Y sabéis que?, lo agradezco. Me gusta vivir cercano algo que es tan lejano, me gusta saborear con mis labios unos besos que fueron pero ya no son y me gusta ir al Mercadona, oler esa colonia que creo que es la que llevaba, cerrar los ojos y trasportarme a una noche de verano con música, de oscuridad, de besos, de susurros, de caricias, de promesas, de amor, de abrazos de puntillas, de risas infantiles… la vuelvo a oler y me transporto a tardes de verano, de baños helados, de fotos, de coche, de comidas…abro los ojos pero me resisto a irme, la huelo una vez más y me trasporto a días de otoño, de paseos a la estación, de rutas guiadas, de tardes de invierno, de dudas, de lloros, de pena, de dolor y de mañanas de adiós.

Y, de repente, la voz de la chica de la sección de cosméticos del Mercadona me devuelve  a la realidad con un molesto "¿te puedo ayudar?", la miro y pienso , si, ¿puedes volver el tiempo atrás?.

¿Pero realmente cambiaríamos algo si volviéramos atrás? Supongo que la respuesta es sí, al menos en mi caso. La sabiduría y la valentía que te aportan los años es un plus añadido.

Esto no deja de ser un relato más, un reflexión más pero lo que si es verdad es el poder que tiene el olfato, creo que pocos sentidos lo igualan; sin poder tocar, sin poder ver y sin poder oír, solo con oler puedes viajar días, meses y años atrás, e incluso puedes volver a tener ese primer orgasmo tanto emocional como físico.

A todas las pequeñas grandes revoluciones.

 

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La flora de otoño

A veces me preguntaba, cuando vivía en la gran urbe, qué consecuencias negativas tendría en mi cuerpo el consumir fruta y verdura cargada de pesticidas, envueltas en plástico y decorada con esa cera tan cantosa que hacía que perdiera su olor tan característico. En la ciudad, la fruta no huele a fruta, la verdura no huele a verdura y los frutos secos vienen en bolsa. Aquí en el pueblo, la lechuga huele a verde y a tierra e incluso, muchas veces, los insectos salen de su interior reclamando su título de propiedad; los tomates, la mayoría de veces, parecen monstruos con verrugas y deformidades, pero que narices ¡viva la fealdad de los tomates! gracias a eso, a la falta de manipulación en laboratorios, los tomates de la huerta son TOMATES, saben a tomate. Aquí los frutos secos crecen por doquier, incluso son maleza, das un paseo y por todos los lados hay grandes nogales y almendros, aunque estos últimos menos no sé por qué, y si te descuidas un foráneo, un veraneante tardío o un amigo de lo ajeno puede terminar con tu cosecha del año. Y es que aquí es típico, todos los años pasa algo en la huerta de este u otro vecino, todos los años alguien hurta algo, no sé sabe por qué ni quién pero siempre se habla y se especula sobre ello en corrillos, en la partida, en la plaza, durante el café o al fresco.

Otra de las cosas típicas en el pueblo en relación con el huerto es fardar de este; el fardar lleva la consecuente ofrenda de productos y la pertinente comparación: "Oye María, ¿quieres pimientos?, este año me han salido buenísimos y tengo la huerta repleta", "no, no Pepa, tranquila, a mí me pasa lo mismo pero lo que no tengo muy buenos este año son los tomates, eso si que te lo cogería encantada, "ay María, por dios, no hace falta que ni lo digas, ahora mismo te voy a por unos cuantos" y de repente aparece Pepa con un carretillo cargado con dos bolsas de tomates monstruosos, otra de esos pimientos que le dijiste que no querías pero que ella quiere que, además de observarlos, pruebes para que te des cuenta de su buena mano como hortelana y además de los pimientos una cesta cargada de nueces y almendras. Y es que así es como es el pueblo y sus gentes, amabilidad, compañía, cariño, a veces cosas malas también pero prima más lo primero.

Me encanta el otoño pero no el otoño en la gran ciudad, me encanta el otoño en el pueblo; no solo me gusta porque cambia el tiempo, o porque el calor se marche para dejar paso al frio, o porque el sol se va de retiro espiritual e invita a sus primas las nueves a ocupar su lugar, sino porque las visitas a la sección de frutas y verduras del supermercado se reduce y aumentan los paseos al huerto, porque la gratitud aumenta entre los vecinos, porque huele a pimientos cocidos, a alubias recién trilladas, a tortilla francesa y a lumbre, porque los colores en el campo se vuelven rojizos gracias a las moras, escaramujos y agavanzas, porque las primeras heladas con su color blanco empiezan a aparecer, porque me encanta comer los productos de la huerta de mis padres, porque adoro ir a por nueces a la nogal de mi tío o a por manzanas a los manzanos de esos vecinos que me dicen constantemente que vaya a sus árboles y coja todo lo que quiera porque total si no lo cojo yo se lo comerán los cerdos, bueno mejor no ir de fina y decir "cochos", sí, así llamamos a los cerdos en León y porque gracias al universo y a mis padres he espabilado y me he dado cuenta de que como en el pueblo en ningún sitio.

En definitiva, vivir en el pueblo, cerca del campo, es de las mejores cosas que puedes hacer en beneficio de tu salud física y mental. Y cuando os digan los urbanitas que la vida aquí es muy aburrida decirles lo siguiente:

"Al igual que tú, puedo irme de vacaciones cuando quiera, puedo irme de tiendas cuando lo deseé, tengo coche, tengo ordenador en mi casa, tengo televisión donde ver una película cuando quiera (siempre dicen lo del cine), tengo internet (siempre dicen que estamos aislados del mundo a nivel cultural), tengo móvil para hacer lo mismo que tú haces, tengo libros, decenas de libros, tengo una bonita casa, tengo...todo lo que tienes tu en la ciudad lo tengo yo, pero en cambio hay muchas cosas que yo tengo y tu no podrás tener nunca viviendo en una ciudad: aire puro, productos naturales cultivados por ti mismo, la naturaleza a un minuto de casa, vecinos amables, cotillas sí, pero amables y que te dan todo lo que esté en sus manos, vivir sin contaminación lumínica, acústica y ambiental, un cielo cargado de estrellas que poder observar con solo subir a la montaña de mi pueblo, medicamentos naturales en forma de hierbas que yo misma puedo recolectar y transformar, un retiro espiritual y secreto a 10 minutos de mi casa, el monte. Amigo mío quédate con la ciudad porque yo, siempre que pueda me quedare con mi querido pueblo porque como decía aquella bonita película de Paco Martínez Soria, "La ciudad no es para mí".

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Actividades alternativas 2- Seguimos con el hipérico

La verdad es que hoy no estoy especialmente inspirada, las palabras que acierto escribir son demasiado básicas; imagino que estos momentos son necesarios, momentos de creatividad ausente o inerte, ¿será que la creatividad también necesita ser recargada como los móviles? ¿Y si para los móviles usamos enchufes, para la creatividad que usamos? La verdad es que soy algo pillina, me las sé todas para recargar el hemisferio derecho J

Así que después de esta entrada que tanto tiempo llevo postergando, iré a emborrachar de ideas a la parte derecha de mi cabeza.

¡Empecemos!

El hipérico, como cualquier otra flor, necesita ser tratado con cariño, respeto y rapidez. Si, rapidez, porque sino las flores de este oro se pudrirán y nuestro oleato se echará a perder. El mismo día que lo recolectamos nos pusimos a hacer las tareas pertinentes.

Después de comer, monté un pequeño  “aquelarre” y las tres brujillas nos pusimos manos a la obra. Considero que, a veces, más que la tarea en sí es importantísimo cuidar el entorno en el que se lleva a cabo. Es como cuando alguien tiene una cita especial y prepara su salón para la ocasión: coloca velas aromáticas a diestro y siniestro, incienso, luz tenue, comida apropiada y se viste de una manera cómoda pero atractiva. En este caso hice lo mismo: cogí cajas de madera a modo de sillas y mesas, coloque unas cuantas plantas a nuestro alrededor, incienso y unas  velas, en este caso no aromáticas sino para mantener alejados a los insectos, hecha por mí.

En cuanto mis acompañantes vieron ese escenario se emocionaron e inmediatamente después se metieron en faena.

Las tareas a hacer con el hipérico son las siguientes:

  1. Cortar las flores de las ramas.
  2. Una vez cortadas, seleccionamos las mejores.
  3. El siguiente paso es introducirlas en botes de cristal previamente esterilizados.
  4. Finalmente, añadimos aceite virgen extra, si es ecológica mejor, en los botes. La añadiremos de tal manera que cubramos todas las flores.

Esta es una actividad que si se hace con los niños requiere bastante ayuda y supervisión. Si no hacemos esto nos podemos quedar sin flores, sin aceite y con el niño en urgencias con un corte en uno o dos dedos.

Lo último que debemos hacer con los botes tapados es dejarlos sobre, mínimo, un mes al sol. O si no sois tan románticos como yo, si no os gusta ver como tienen lugar los procesos de manera natural, podéis hacerlo al baño María y en media hora tendréis, si sois unos cagaprisas, lo que de manera natural lleva como poco 30 días. Eso sí, el olor al abrir el bote pasado todo ese tiempo, para mí, es horrible. Mejor no oler jj

Una vez hecho esto obtendremos un líquido de color parecido al vino pero más anaranjado, un líquido que se conoce como oleato de hipérico. Casi todas las cremas llevan una parte acuosa, que son los hidrolatos y otra parte oleosa, que son los oleatos.

El hipérico es un gran aliado para nuestra salud, un aliado que es nuestro vecino y que si nos hacemos amigos de él podemos beneficiarnos de un gran compañero de botiquín. A continuación pongo algunos de los beneficios de esta flor amarilla:

  • Antiséptica
  • Vermífuga
  • Antiviral
  • Digestiva
  • Antiespasmódica
  • Expectorante
  • Antibiótica
  • Cicatrizante
  • Vulneraria
  • Analgésica
  • Astringente
  • Diurética
  • Sedante

Lo último que hemos hecho con esto, ha sido colar el oleato, introducirlo de nuevo en los botes de cristas y cerrarlos de manera hermética al baño María. El siguiente paso requerirá otro post.

Fotos del proceso

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Actividad alternativa 1- Recolección de hipérico

Gracias al impetuoso agosto he estado ausente por estos lares. La verdad es que en ocasiones se agradece dejar a un lado la tecnología y disfrutar del momento sin ningún tipo de pretensión.

En mi primer post de actividades alternativas, voy a presentar a dos ayudantes fantásticas; la primera es mi hermana Miriam, mi compañera de aventuras, a la que proponga lo que le proponga pocas veces dice que no; y la segunda  es mi pequeña Azahara, mi munin, mi ratón de armario, mi conejo y el mayor objetivo en toda esta sección. A Azahara, como a cualquier niño de ahora, le encanta ver dibujos y como en todo, tiene que haber alguien que ponga límites a esa actividad; los niños, si por ellos fuera, se pasarían la vida viendo dibujos o, más bien, hacen eso si no tienen otra actividad más lúdica, estimulante o motivadora que les anime a dejar tirado a un lado el móvil, la tablet o el ordenador.

Como para mí, ver los dibujos debería ser una actividad que se redujera a unos pocos minutos, incluso a nada, decidí que el verano en el pueblo, para mi sobrinita, debería ser mucho más que pasarse las horas muertas frente a una pantalla; algo que, por cierto, antes de los cinco años es tan sumamente negativo que si los padres lo supieran tirarían por la ventana todos estos aparatos adictivos.

Algún día hablaré acerca de la sobre estimulación, el apego, las horas muertas, la perdida de autocontrol y la gestión de emociones relacionado con el mal uso de la tecnología en la infancia, pero no será en esta bonita sección.

Bueno, a lo que iba que me voy por los cerros de Úbeda. Mi sobrina desde bien pequeñita es muy curiosa, le gusta probar todo lo que los mayores hacemos, todo lo que le resulta motivador claro. Desde el momento que percibí eso, empecé a introducir técnicas y procesos que son necesarios no solo para el aprendizaje sino también para la vida. Una de esas técnicas es “Observa-piensa-actúa”; y así lo hacemos, primero observamos cómo lo hacen los mayores (aprendemos), después pensamos cómo lo podemos hacer nosotros (metacognición) y finalmente actuamos en base a lo que anteriormente consideramos que podíamos hacer. De esta manera le enseñamos al niño a actuar de una forma tranquila, sin impulsos, a valorar qué es lo que puede hacer, a respetar los materiales y a las personas con las que comparte espacio, a reflexionar sobre su propia acción y a ser consecuente con lo que pensaba que haría y lo que finalmente ha hecho (autoevaluación).

Recoger Hipérico

Hace unos meses ni nosotras sabíamos lo que era el Hipérico, pero cuando lo descubrimos nos encantó. Esta flor, conocida también como Hierba de San Juan porque empieza a florecer a finales de junio, es una gran aliada contra infinidad de malestares físicos. Con ella podemos hacer jabones, velas y, lo que más nos interesaba a nosotras tres, cremas.

Un día, le dijimos a Azahara que íbamos a comprar unas cestas de mimbre para ir a recoger flores. Ella se sorprendió, nunca había hecho esa actividad, pero sin saber tan siquiera a que nos referíamos, dijo que sí; los niños y su curiosidad ante el mundo es bellísima.

Ya teníamos las cestas, ahora solo quedaba madrugar, coger unos sombreros, esterilizar las tijeras e irnos.

Hasta esterilizar las tijeras fue algo que hizo Azahara. A cualquier madre histérica le puede parecer una ida de olla hacer esto, pero nada más lejos de la realidad, todo con supervisión puede ser hecho o intentado ser hecho por un niño, no son de cristal, no se rompen solo con mirarlos.

Siempre es importante, antes de hacer cualquier actividad, introducírsela a los pequeños, dejarles claro qué es lo que vamos a hacer y cómo lo vamos a hacer; del mismo modo, es imprescindible preguntarles su opinión, si pueden añadir algo a la actividad, si les gustaría hacer algo en particular y si tienen ganas de hacerla. La motivación hacia la actividad por parte de los niños es primordial para que esta sea participativa, lúdica, educativa y, sobre todo, que la disfruten.

Azahara estaba tan motivada que le contaba a todo el mundo con el que nos cruzábamos lo que íbamos a hacer, lo que llevábamos en las mochilas y que llevaba sombrero y gafas porque en el campo hace mucho calor, o al menos eso era lo que le habían dicho sus tías.

Ella, antes de empezar con la técnica de “Observo-pienso-actúo” era muy impulsiva, arrolladora, lo quería hacer todo ella sola la primera, aunque no supiera. Es normal, son niños, no lo saben todo, tienen que aprender, tener un ejemplo que copiar y un guía al que seguir.

Llegamos allí y de la emoción quería coger la primera las tijeras sin saber siquiera cómo hacerlo. Y ese fue un buen momento para recordar lo que se hace: primero observo-miro, después pienso-reflexiono (nos tocamos las sienes con los dedos indicando que estamos pensando) y, finalmente, actúo. Y si, ya sabe lo que es observar, reflexionar, pensar, dialogar, debatir, actuar y hacer porque es muy útil utilizar un vocabulario, no solo infantil, sino también un poco adulto, rico, abundante, con palabras nuevas y diferentes.

Es justo decir que Azahara con una guía correcta, como todos los niños, se porta estupendamente, es como un pequeño loro que repite todo lo que el adulto dice, hace lo que el mayor hace y pregunta sin parar buscando respuesta a todas sus dudas.

Buscamos Hipérico en Alija, en un campo repleto, no sabíamos ni por dónde empezar. Finalmente, llenamos las cestas y después de casi una hora allí nos volvimos a casa. Hay que decir que para el nivel de atención hacía la actividad que suele tener un niño de tres años, Azahara fue una crack porque estuvo atenta hacia este ejercicio durante más de media hora.

Para mantener el nivel de atención, de vuelta a casa nos inventamos una canción copiando el ritmo de la ya famosa  “Había una vez un barquito chiquitito”. Esta es una buena manera de reflexionar acerca de lo que hemos hecho y ver si el nivel de atención fue tal como parecía.

La canción es:

Hipérico es una flor amarilla, amarilla.

Hipérico es una flor amarilla, amarilla,

Que nos ayudaba, que nos ayudaba,

A hacer cremita.

Después de la canción y en la bici camino a casa, le preguntamos ¿Qué acabamos de hacer? ¿cómo se llama la flor que hemos recogido? (esto cuesta un poquito aprenderlo, es un nombre dificil para un niño) ¿con qué instrumento cortabamos la flor? ¿a qué pueblo hemos ido a recoger las flores?... unas cuantas preguntas para que el niño reflexione, piense sobre lo qué hemos hecho y resuleva dudas.

Y de esta manera tan tan sencilla, podemos tener entretenido a un niño durante toda una mañana y sin acordarse de dibujos.

Después de esto, el niño estará todo el día emocionado, contándole a todo con el que se cruce qué es lo que ha hecho y sabrá que las hierbas no son solo hierbas sino también medicamentos, que debemos cuidar el medio natural en el que vivimos y que la basura que os encontréis en el campo es horriblemente mala para las plantas y los animales que allí viven.

Mi Azahara es ya toda una ecologista y me llena de orgullo decir que a eso estamos contribuyendo en gran medida su tía Miriam y su tía Sandra.

En el próximo post hablaré sobre lo que hicimos con las flores de Hipérico; mientras tanto, podéis ir a recoger esta flor, aún queda una poquita en el campo, eso sí, no seáis animalicos, sed respetuosos y llevaros solo una poquita ya que si diezmáis la planta el año que viene no florecerá.

 

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De la Al al Bu pasando por Fe terminando en Ra

Estuve allí una vez, aunque pocos lo saben.

Sí, estuve, aunque a veces no quiera acordarme.

Es un lugar precioso, a veces hay aire y frio,

otras solo calor y brisa marina.

Estoy sobre la cubierta de una larga y colorida lancha;

Franceses, manchegos y leoneses ateridos de frío

físicamente presentes, mentalmente ausentes.

Tantas veces oí hablar de este lugar que ni me lo imaginaba,

o tal vez sí, pero nada era como en ese preciso instante deseaba.

Las piezas encajan unas veces,

Otras solo se reajustan por mera adaptación,

esta vez fue más como la segunda locución.

No me gusta escribir rimando, me gusta la prosa y la narración,

me gusta leer poesía pero no desarrollarla.

Soy demasiado vaga para las rimas,

o tal vez es que odio la simetría, lo perfecto y lo que encaja con facilidad.

Esto es prosa con forma física de rima,

una muestras más de que las apariencias engañan

y de que detrás de un texto hay mucho más que letras y líneas.

Una muestra más de que lo bonito a veces es feo

y de que lo deseado no es siempre lo encontrado.

Indaga e imagina. Si así lo haces,

encontrarás el mensaje aquí enrevesado,

Vuela y siente, lee y entiende, escribe y transmite.

Tu y yo sabemos que detrás de las palabras

se encuentran las verdaderas hazañas:

las de la mente, el alma y el corazón.

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Actividades alternativas

Hace mucho tiempo que tenía ganas de empezar una sección así, dedicar una parte de mi blog a compartir experiencias que llevo a cabo y unir dos de mis grandes aficiones, la escritura y el pasar tiempo en el medio natural que nos rodea.

 Siempre me ha gustado la naturaleza, hacer actividades donde pueda estar rodeada de árboles, de sonidos de animales y de olores de plantas de temporada. Gracias a este gusto por el medio ambiente, hace unos meses  me inicié en el mundo de las plantas medicinales. Esta curiosidad ya me venía de atrás, desde mi más tierna infancia. A veces, cuando nos dolía algo, acudíamos al curandero del pueblo, Jamín, y él  gracias a sus ungüentos aliviaba dolores musculares y de huesos. Yo quedaba fascinaba, tan pequeña cómo era, me preguntaba cómo podía pasar algo así; volvía loco a Jamín, le hacía preguntas sin parar y él, para deshacerse de mi curiosidad, se limitaba a decir que hacía magia.  Y en parte tenía razón, son muy pocos los que son tocados con la magia de la curiosidad hacia este mundo, hacia el querer hacer las cosas de manera natural, con sus propias manos y alejándose de químicos que dañan nuestro cuerpo.

Con el paso del tiempo, me fui haciendo mayor y sentía como mi vínculo hacia la naturaleza crecía más y más. Me encantaba ir con la bici al monte, llevar un libro y pasar horas leyendo entre encinas y pájaros, recolectar flores silvestres, oler jara, encontrar huesos de animales de épocas pasadas y decorarlos en casa, recoger basura que gente sin escrúpulos dejaba en medio de las praderas  o entre los árboles y, sobre todo, cárgame de tranquilidad, felicidad y creatividad.

No sé en qué momento Jamín vino de nuevo a mi cabeza; tal vez fue al ver a mi abuela Herminia hacer jabones caseros usando sebo del cerdo de la última matanza, o al ver como las cremas caras que compraba en la farmacia causaban una mala reacción en mi piel o al ver como las cremas industriales para paliar los dolores musculares que mi padre usaba no eran útiles. Creo que fue un conjunto de coincidencias el que hizo que algo dentro de mí hiciera clic y despertara un nuevo hobbie/ obsesión.

A partir de ahora compartiré actividades bonitas que realizo en  medio de la naturaleza, actividades que unas veces hago sola y otras con ayuda de mi hermana Miriam y con la gran colaboración de mi sobrinita Azahara, me encanta estar transmitiéndole el gusto por la naturaleza y las cosas hechas por uno mismo. En el mundo en el que vivimos, donde estamos saturados de tecnología, es casi un regalo del universo tener a alguien que comparta actividades tan mágicas y educativas contigo.

Este especio es también para dar ideas a mamás y papás, a tíos y a tías, abuelos y abuelas y a hermanos y a hermanas para que, ahora que estamos en una gran estación, realicen actividades con los más pequeños de la casa, actividades alejadas de dibujos, videojuegos y pantallas.Resultado de imagen de actividades en la naturaleza con niños

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10.957 Noches- Colaboración 8

Estoy en la habitación de un hotel cualquiera, de una ciudad cualquiera, del norte de España, del sur de Europa. Es de noche, con ella, y la soledad, me invade cierta nostalgia. Me viene a la cabeza el comienzo de la historia... bueno, ciertamente yo no lo recuerdo, pero me han contado que fue un veintitrés de septiembre de mil novecientos ochenta y ocho, era un día lluvioso con un recién estrenado otoño, tal vez ahí pueda encontrar el porqué de mi amor por los días de tormenta y agua, y la filia que siento por los descansos nocturnos con un fondo sonoro de viento y lluvia acariciando las contraventanas. Desde entonces, han pasado casi tres décadas de aquel magnífico y radiante día de sol ausente. No sé cómo hemos llegado hasta aquí, cuando miro atrás, los años se esfuman, como el humo de una pipa de esas que ya no se ven ni a los más viejos del lugar. La añoranza por lo que fuimos, a veces, me nubla la visión esperanzadora de lo que seremos. Me siento partícipe de una generación, que estoy seguro, entrará en los libros de historia, nos han llegado a despreciar denominándonos "la generación perdida", ¿perdida?, el camino que habíamos construido, lo derribaron a causa del peso de la codicia personal, de los que robaron hasta el último sueño del que no se supo volver a reinventar. 

Veinticuatro de junio de dos mil dieciocho, mis sueños siguen intactos en la caja fuerte que hay escondida en algún rincón de mi mente, las ganas de seguir sintiendo mi corazón latir, aumentan en la misma proporción que disminuye el tiempo que me queda por vivir. Miro el reloj, el segundero no se detiene, quedan pocas horas para que suene el despertador, asomo la mirada a través de la ventana y el cielo está completamente estrellado, suspiro; igual que cuando era un niño, me sigo preguntando que hay allí arriba, o ¿qué es un universo infinito?, miles de millones de galaxias en ese infinito que desordena mi mente, y yo, en algún ínfimo punto de una de ellas, buscando respuestas a preguntas imposibles, me doy cuenta, que sigo siendo la esencia del niño que empezó aquella única, vibrante, y ojalá, larga historia. Continuará...

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Javier

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