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Visita a la Hullera Vasco-Leonesa

La Hullera Vasco-Leonesa es una mina creada hace más de un siglo, concretamente en 1893. Como la mayor parte minera de León, la mina de Ciñera ha llegado a su cierre tras muchas reuniones, huelgas y piquetes. No tiene mucho sentido que cuente la historia aquí, puesto que hay fabulosos artículos en internet y en bibliotecas que hablan sobre la historia de tan destacada mina.

La verdad es que siempre me ha fascinado la historia y más la de una parte tan cercana a mi zona. Conozco a bastante gente que no conoce ni siquiera la historia de España, mucho menos la de su provincia o pueblo. Bueno que me lio, hace un par de años visite el Faedo, o hayedo de Ciñera, pero entonces no descubrí lo que está vez vi. Al comienzo de dicha ruta de senderismo hay una entrada a una mina y la verdad es que nunca me había preguntado por qué esa mina estaba ahora cerrada o qué fue lo que aconteció allí décadas atrás.

Lo malo de ser un simple turista es que te quedas con lo superficial, que unas veces está bien pero otras veces no es suficiente, y lo bueno de ser más que un turista es que puedes conocer historias y lugares alejados del ojo del viajero superficial. Esta vez y guiándonos por la opinión de mi hermana Miriam, recorrimos una ruta alternativa. En lugar de coger el camino de abajo que escoge todo el mundo, el camino más llano y con mejor acceso, recorrimos el de arriba, en el que tienes que subir una larga e interminable cuesta. Empezamos dicho recorrido andando, imaginaos la locura y reventada de esa hazaña, íbamos con una niña de tres años encima de una sillita de paseo y una mochila cargada de comida; gracias al destino, nos cruzamos con un chico del pueblo y nos dijo que se podía acceder allí de otra manera. Perdonad que no os diga cómo, aunque es muy obvio, pero no quiero contribuir a que se rompa la magia de un lugar tan bonito y ya tan atestado de turistas.

Finalmente conseguimos llegar al lugar que mi hermana Miriam había descrito; yo no confía mucho en lo que ella decía puesto que su sentido de la orientación a veces falla y no me podía creer que no hubiera visto ese lugar antes.  Llegamos arriba y el lugar era aún más fascinante de lo que me había imaginado gracias a las palabras de mi hermana. Allí pudimos ver casas abandonabas, no casas dedicadas a vivir sino construcciones dedicadas a labores mineras. Allí se respiraba un halo a tristeza, me llamareis paranoica, pero podía sentir la vida que antes hubo en esa mina. La sensación era extraña, pero quien no cambia de ojos cuando va un lugar nuevo no merece ser definido como aventurero.

Me vuelvo a liar, pero es que es difícil no dejar por escrito el conjunto de sensaciones que allí percibí. Si cerraba los ojos incluso podía ver la vida que allí había años atrás: carreras, prisas, olor a carbón, hollín por doquier, frio y nieve, el traqueteo de vagones o carretillas, caras más negras que blancas, botas llenas de barro…tenía que ser una imagen dantesca, digna de ser fotografiada.

Por cierto, llevad a los niños lugares nuevos, alejados de la ciudad o de lo que están acostumbrados a ver, contadles historias de hadas o de duendes que viven en los bosques que visitéis y dadles muchas experiencias. En definitiva, creadles mundos de magia porque bastante aburrido será todo cuando se hagan mayores.

Bueno no quiero hacer spoiler, ni romper la magia de la primera vez para los futuros visitantes. Tal vez es que soy demasiado efusiva y parece que lo vea todo con ojos de niña pero ya me contareis si os fascinó lo mismo que a mí. Os dejaré unas imágenes de lo que allí vimos, no demasiadas porque eso sí que sería un auténtico spoiler.

No seáis tan temerarios como yo y no subáis ahí arriba

Ciñera, 17 de noviembre de 2018

 

 

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Un olor otoñal

Qué bonito era no pensar, qué bonito era solo sentir.

Un olor, de repente, en la calle, en la ciudad, un día cualquiera de otoño. Tomo aire, lo inhalo, respiro profundo y este no llega solo hasta lo más interno de mis pulmones, sino que también viaja hasta los más lejanos recuerdos; me entra un nudo en el estomago, puedo olerte, puedo incluso sentir tus labios si cierro los ojos, puedo…pero no, el olor se va y la magia creada con él también. Qué bien olía esa colonia. Realmente no era la colonia la que me gustaba, lo que me gustaba era esa colonia en él, en su pelo, en sus manos cuando acariciaban mi cara o en mi almohada cuando se iba.

Llego a casa y aún estoy devastada por ese recuerdo. Y es que aunque creamos que una historia se ha ido por completo, que los recuerdos son borrosos o que las sensaciones se desvanecieron en el tiempo, no ha pasado eso; solo hace falta un instante y un olor para devolverlo todo. ¿Y sabéis que?, lo agradezco. Me gusta vivir cercano algo que es tan lejano, me gusta saborear con mis labios unos besos que fueron pero ya no son y me gusta ir al Mercadona, oler esa colonia que creo que es la que llevaba, cerrar los ojos y trasportarme a una noche de verano con música, de oscuridad, de besos, de susurros, de caricias, de promesas, de amor, de abrazos de puntillas, de risas infantiles… la vuelvo a oler y me transporto a tardes de verano, de baños helados, de fotos, de coche, de comidas…abro los ojos pero me resisto a irme, la huelo una vez más y me trasporto a días de otoño, de paseos a la estación, de rutas guiadas, de tardes de invierno, de dudas, de lloros, de pena, de dolor y de mañanas de adiós.

Y, de repente, la voz de la chica de la sección de cosméticos del Mercadona me devuelve  a la realidad con un molesto "¿te puedo ayudar?", la miro y pienso , si, ¿puedes volver el tiempo atrás?.

¿Pero realmente cambiaríamos algo si volviéramos atrás? Supongo que la respuesta es sí, al menos en mi caso. La sabiduría y la valentía que te aportan los años es un plus añadido.

Esto no deja de ser un relato más, un reflexión más pero lo que si es verdad es el poder que tiene el olfato, creo que pocos sentidos lo igualan; sin poder tocar, sin poder ver y sin poder oír, solo con oler puedes viajar días, meses y años atrás, e incluso puedes volver a tener ese primer orgasmo tanto emocional como físico.

A todas las pequeñas grandes revoluciones.

 

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La flora de otoño

A veces me preguntaba, cuando vivía en la gran urbe, qué consecuencias negativas tendría en mi cuerpo el consumir fruta y verdura cargada de pesticidas, envueltas en plástico y decorada con esa cera tan cantosa que hacía que perdiera su olor tan característico. En la ciudad, la fruta no huele a fruta, la verdura no huele a verdura y los frutos secos vienen en bolsa. Aquí en el pueblo, la lechuga huele a verde y a tierra e incluso, muchas veces, los insectos salen de su interior reclamando su título de propiedad; los tomates, la mayoría de veces, parecen monstruos con verrugas y deformidades, pero que narices ¡viva la fealdad de los tomates! gracias a eso, a la falta de manipulación en laboratorios, los tomates de la huerta son TOMATES, saben a tomate. Aquí los frutos secos crecen por doquier, incluso son maleza, das un paseo y por todos los lados hay grandes nogales y almendros, aunque estos últimos menos no sé por qué, y si te descuidas un foráneo, un veraneante tardío o un amigo de lo ajeno puede terminar con tu cosecha del año. Y es que aquí es típico, todos los años pasa algo en la huerta de este u otro vecino, todos los años alguien hurta algo, no sé sabe por qué ni quién pero siempre se habla y se especula sobre ello en corrillos, en la partida, en la plaza, durante el café o al fresco.

Otra de las cosas típicas en el pueblo en relación con el huerto es fardar de este; el fardar lleva la consecuente ofrenda de productos y la pertinente comparación: "Oye María, ¿quieres pimientos?, este año me han salido buenísimos y tengo la huerta repleta", "no, no Pepa, tranquila, a mí me pasa lo mismo pero lo que no tengo muy buenos este año son los tomates, eso si que te lo cogería encantada, "ay María, por dios, no hace falta que ni lo digas, ahora mismo te voy a por unos cuantos" y de repente aparece Pepa con un carretillo cargado con dos bolsas de tomates monstruosos, otra de esos pimientos que le dijiste que no querías pero que ella quiere que, además de observarlos, pruebes para que te des cuenta de su buena mano como hortelana y además de los pimientos una cesta cargada de nueces y almendras. Y es que así es como es el pueblo y sus gentes, amabilidad, compañía, cariño, a veces cosas malas también pero prima más lo primero.

Me encanta el otoño pero no el otoño en la gran ciudad, me encanta el otoño en el pueblo; no solo me gusta porque cambia el tiempo, o porque el calor se marche para dejar paso al frio, o porque el sol se va de retiro espiritual e invita a sus primas las nueves a ocupar su lugar, sino porque las visitas a la sección de frutas y verduras del supermercado se reduce y aumentan los paseos al huerto, porque la gratitud aumenta entre los vecinos, porque huele a pimientos cocidos, a alubias recién trilladas, a tortilla francesa y a lumbre, porque los colores en el campo se vuelven rojizos gracias a las moras, escaramujos y agavanzas, porque las primeras heladas con su color blanco empiezan a aparecer, porque me encanta comer los productos de la huerta de mis padres, porque adoro ir a por nueces a la nogal de mi tío o a por manzanas a los manzanos de esos vecinos que me dicen constantemente que vaya a sus árboles y coja todo lo que quiera porque total si no lo cojo yo se lo comerán los cerdos, bueno mejor no ir de fina y decir "cochos", sí, así llamamos a los cerdos en León y porque gracias al universo y a mis padres he espabilado y me he dado cuenta de que como en el pueblo en ningún sitio.

En definitiva, vivir en el pueblo, cerca del campo, es de las mejores cosas que puedes hacer en beneficio de tu salud física y mental. Y cuando os digan los urbanitas que la vida aquí es muy aburrida decirles lo siguiente:

"Al igual que tú, puedo irme de vacaciones cuando quiera, puedo irme de tiendas cuando lo deseé, tengo coche, tengo ordenador en mi casa, tengo televisión donde ver una película cuando quiera (siempre dicen lo del cine), tengo internet (siempre dicen que estamos aislados del mundo a nivel cultural), tengo móvil para hacer lo mismo que tú haces, tengo libros, decenas de libros, tengo una bonita casa, tengo...todo lo que tienes tu en la ciudad lo tengo yo, pero en cambio hay muchas cosas que yo tengo y tu no podrás tener nunca viviendo en una ciudad: aire puro, productos naturales cultivados por ti mismo, la naturaleza a un minuto de casa, vecinos amables, cotillas sí, pero amables y que te dan todo lo que esté en sus manos, vivir sin contaminación lumínica, acústica y ambiental, un cielo cargado de estrellas que poder observar con solo subir a la montaña de mi pueblo, medicamentos naturales en forma de hierbas que yo misma puedo recolectar y transformar, un retiro espiritual y secreto a 10 minutos de mi casa, el monte. Amigo mío quédate con la ciudad porque yo, siempre que pueda me quedare con mi querido pueblo porque como decía aquella bonita película de Paco Martínez Soria, "La ciudad no es para mí".

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Actividades alternativas 2- Seguimos con el hipérico

La verdad es que hoy no estoy especialmente inspirada, las palabras que acierto escribir son demasiado básicas; imagino que estos momentos son necesarios, momentos de creatividad ausente o inerte, ¿será que la creatividad también necesita ser recargada como los móviles? ¿Y si para los móviles usamos enchufes, para la creatividad que usamos? La verdad es que soy algo pillina, me las sé todas para recargar el hemisferio derecho J

Así que después de esta entrada que tanto tiempo llevo postergando, iré a emborrachar de ideas a la parte derecha de mi cabeza.

¡Empecemos!

El hipérico, como cualquier otra flor, necesita ser tratado con cariño, respeto y rapidez. Si, rapidez, porque sino las flores de este oro se pudrirán y nuestro oleato se echará a perder. El mismo día que lo recolectamos nos pusimos a hacer las tareas pertinentes.

Después de comer, monté un pequeño  “aquelarre” y las tres brujillas nos pusimos manos a la obra. Considero que, a veces, más que la tarea en sí es importantísimo cuidar el entorno en el que se lleva a cabo. Es como cuando alguien tiene una cita especial y prepara su salón para la ocasión: coloca velas aromáticas a diestro y siniestro, incienso, luz tenue, comida apropiada y se viste de una manera cómoda pero atractiva. En este caso hice lo mismo: cogí cajas de madera a modo de sillas y mesas, coloque unas cuantas plantas a nuestro alrededor, incienso y unas  velas, en este caso no aromáticas sino para mantener alejados a los insectos, hecha por mí.

En cuanto mis acompañantes vieron ese escenario se emocionaron e inmediatamente después se metieron en faena.

Las tareas a hacer con el hipérico son las siguientes:

  1. Cortar las flores de las ramas.
  2. Una vez cortadas, seleccionamos las mejores.
  3. El siguiente paso es introducirlas en botes de cristal previamente esterilizados.
  4. Finalmente, añadimos aceite virgen extra, si es ecológica mejor, en los botes. La añadiremos de tal manera que cubramos todas las flores.

Esta es una actividad que si se hace con los niños requiere bastante ayuda y supervisión. Si no hacemos esto nos podemos quedar sin flores, sin aceite y con el niño en urgencias con un corte en uno o dos dedos.

Lo último que debemos hacer con los botes tapados es dejarlos sobre, mínimo, un mes al sol. O si no sois tan románticos como yo, si no os gusta ver como tienen lugar los procesos de manera natural, podéis hacerlo al baño María y en media hora tendréis, si sois unos cagaprisas, lo que de manera natural lleva como poco 30 días. Eso sí, el olor al abrir el bote pasado todo ese tiempo, para mí, es horrible. Mejor no oler jj

Una vez hecho esto obtendremos un líquido de color parecido al vino pero más anaranjado, un líquido que se conoce como oleato de hipérico. Casi todas las cremas llevan una parte acuosa, que son los hidrolatos y otra parte oleosa, que son los oleatos.

El hipérico es un gran aliado para nuestra salud, un aliado que es nuestro vecino y que si nos hacemos amigos de él podemos beneficiarnos de un gran compañero de botiquín. A continuación pongo algunos de los beneficios de esta flor amarilla:

  • Antiséptica
  • Vermífuga
  • Antiviral
  • Digestiva
  • Antiespasmódica
  • Expectorante
  • Antibiótica
  • Cicatrizante
  • Vulneraria
  • Analgésica
  • Astringente
  • Diurética
  • Sedante

Lo último que hemos hecho con esto, ha sido colar el oleato, introducirlo de nuevo en los botes de cristas y cerrarlos de manera hermética al baño María. El siguiente paso requerirá otro post.

Fotos del proceso

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Actividad alternativa 1- Recolección de hipérico

Gracias al impetuoso agosto he estado ausente por estos lares. La verdad es que en ocasiones se agradece dejar a un lado la tecnología y disfrutar del momento sin ningún tipo de pretensión.

En mi primer post de actividades alternativas, voy a presentar a dos ayudantes fantásticas; la primera es mi hermana Miriam, mi compañera de aventuras, a la que proponga lo que le proponga pocas veces dice que no; y la segunda  es mi pequeña Azahara, mi munin, mi ratón de armario, mi conejo y el mayor objetivo en toda esta sección. A Azahara, como a cualquier niño de ahora, le encanta ver dibujos y como en todo, tiene que haber alguien que ponga límites a esa actividad; los niños, si por ellos fuera, se pasarían la vida viendo dibujos o, más bien, hacen eso si no tienen otra actividad más lúdica, estimulante o motivadora que les anime a dejar tirado a un lado el móvil, la tablet o el ordenador.

Como para mí, ver los dibujos debería ser una actividad que se redujera a unos pocos minutos, incluso a nada, decidí que el verano en el pueblo, para mi sobrinita, debería ser mucho más que pasarse las horas muertas frente a una pantalla; algo que, por cierto, antes de los cinco años es tan sumamente negativo que si los padres lo supieran tirarían por la ventana todos estos aparatos adictivos.

Algún día hablaré acerca de la sobre estimulación, el apego, las horas muertas, la perdida de autocontrol y la gestión de emociones relacionado con el mal uso de la tecnología en la infancia, pero no será en esta bonita sección.

Bueno, a lo que iba que me voy por los cerros de Úbeda. Mi sobrina desde bien pequeñita es muy curiosa, le gusta probar todo lo que los mayores hacemos, todo lo que le resulta motivador claro. Desde el momento que percibí eso, empecé a introducir técnicas y procesos que son necesarios no solo para el aprendizaje sino también para la vida. Una de esas técnicas es “Observa-piensa-actúa”; y así lo hacemos, primero observamos cómo lo hacen los mayores (aprendemos), después pensamos cómo lo podemos hacer nosotros (metacognición) y finalmente actuamos en base a lo que anteriormente consideramos que podíamos hacer. De esta manera le enseñamos al niño a actuar de una forma tranquila, sin impulsos, a valorar qué es lo que puede hacer, a respetar los materiales y a las personas con las que comparte espacio, a reflexionar sobre su propia acción y a ser consecuente con lo que pensaba que haría y lo que finalmente ha hecho (autoevaluación).

Recoger Hipérico

Hace unos meses ni nosotras sabíamos lo que era el Hipérico, pero cuando lo descubrimos nos encantó. Esta flor, conocida también como Hierba de San Juan porque empieza a florecer a finales de junio, es una gran aliada contra infinidad de malestares físicos. Con ella podemos hacer jabones, velas y, lo que más nos interesaba a nosotras tres, cremas.

Un día, le dijimos a Azahara que íbamos a comprar unas cestas de mimbre para ir a recoger flores. Ella se sorprendió, nunca había hecho esa actividad, pero sin saber tan siquiera a que nos referíamos, dijo que sí; los niños y su curiosidad ante el mundo es bellísima.

Ya teníamos las cestas, ahora solo quedaba madrugar, coger unos sombreros, esterilizar las tijeras e irnos.

Hasta esterilizar las tijeras fue algo que hizo Azahara. A cualquier madre histérica le puede parecer una ida de olla hacer esto, pero nada más lejos de la realidad, todo con supervisión puede ser hecho o intentado ser hecho por un niño, no son de cristal, no se rompen solo con mirarlos.

Siempre es importante, antes de hacer cualquier actividad, introducírsela a los pequeños, dejarles claro qué es lo que vamos a hacer y cómo lo vamos a hacer; del mismo modo, es imprescindible preguntarles su opinión, si pueden añadir algo a la actividad, si les gustaría hacer algo en particular y si tienen ganas de hacerla. La motivación hacia la actividad por parte de los niños es primordial para que esta sea participativa, lúdica, educativa y, sobre todo, que la disfruten.

Azahara estaba tan motivada que le contaba a todo el mundo con el que nos cruzábamos lo que íbamos a hacer, lo que llevábamos en las mochilas y que llevaba sombrero y gafas porque en el campo hace mucho calor, o al menos eso era lo que le habían dicho sus tías.

Ella, antes de empezar con la técnica de “Observo-pienso-actúo” era muy impulsiva, arrolladora, lo quería hacer todo ella sola la primera, aunque no supiera. Es normal, son niños, no lo saben todo, tienen que aprender, tener un ejemplo que copiar y un guía al que seguir.

Llegamos allí y de la emoción quería coger la primera las tijeras sin saber siquiera cómo hacerlo. Y ese fue un buen momento para recordar lo que se hace: primero observo-miro, después pienso-reflexiono (nos tocamos las sienes con los dedos indicando que estamos pensando) y, finalmente, actúo. Y si, ya sabe lo que es observar, reflexionar, pensar, dialogar, debatir, actuar y hacer porque es muy útil utilizar un vocabulario, no solo infantil, sino también un poco adulto, rico, abundante, con palabras nuevas y diferentes.

Es justo decir que Azahara con una guía correcta, como todos los niños, se porta estupendamente, es como un pequeño loro que repite todo lo que el adulto dice, hace lo que el mayor hace y pregunta sin parar buscando respuesta a todas sus dudas.

Buscamos Hipérico en Alija, en un campo repleto, no sabíamos ni por dónde empezar. Finalmente, llenamos las cestas y después de casi una hora allí nos volvimos a casa. Hay que decir que para el nivel de atención hacía la actividad que suele tener un niño de tres años, Azahara fue una crack porque estuvo atenta hacia este ejercicio durante más de media hora.

Para mantener el nivel de atención, de vuelta a casa nos inventamos una canción copiando el ritmo de la ya famosa  “Había una vez un barquito chiquitito”. Esta es una buena manera de reflexionar acerca de lo que hemos hecho y ver si el nivel de atención fue tal como parecía.

La canción es:

Hipérico es una flor amarilla, amarilla.

Hipérico es una flor amarilla, amarilla,

Que nos ayudaba, que nos ayudaba,

A hacer cremita.

Después de la canción y en la bici camino a casa, le preguntamos ¿Qué acabamos de hacer? ¿cómo se llama la flor que hemos recogido? (esto cuesta un poquito aprenderlo, es un nombre dificil para un niño) ¿con qué instrumento cortabamos la flor? ¿a qué pueblo hemos ido a recoger las flores?... unas cuantas preguntas para que el niño reflexione, piense sobre lo qué hemos hecho y resuleva dudas.

Y de esta manera tan tan sencilla, podemos tener entretenido a un niño durante toda una mañana y sin acordarse de dibujos.

Después de esto, el niño estará todo el día emocionado, contándole a todo con el que se cruce qué es lo que ha hecho y sabrá que las hierbas no son solo hierbas sino también medicamentos, que debemos cuidar el medio natural en el que vivimos y que la basura que os encontréis en el campo es horriblemente mala para las plantas y los animales que allí viven.

Mi Azahara es ya toda una ecologista y me llena de orgullo decir que a eso estamos contribuyendo en gran medida su tía Miriam y su tía Sandra.

En el próximo post hablaré sobre lo que hicimos con las flores de Hipérico; mientras tanto, podéis ir a recoger esta flor, aún queda una poquita en el campo, eso sí, no seáis animalicos, sed respetuosos y llevaros solo una poquita ya que si diezmáis la planta el año que viene no florecerá.

 

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De la Al al Bu pasando por Fe terminando en Ra

Estuve allí una vez, aunque pocos lo saben.

Sí, estuve, aunque a veces no quiera acordarme.

Es un lugar precioso, a veces hay aire y frio,

otras solo calor y brisa marina.

Estoy sobre la cubierta de una larga y colorida lancha;

Franceses, manchegos y leoneses ateridos de frío

físicamente presentes, mentalmente ausentes.

Tantas veces oí hablar de este lugar que ni me lo imaginaba,

o tal vez sí, pero nada era como en ese preciso instante deseaba.

Las piezas encajan unas veces,

Otras solo se reajustan por mera adaptación,

esta vez fue más como la segunda locución.

No me gusta escribir rimando, me gusta la prosa y la narración,

me gusta leer poesía pero no desarrollarla.

Soy demasiado vaga para las rimas,

o tal vez es que odio la simetría, lo perfecto y lo que encaja con facilidad.

Esto es prosa con forma física de rima,

una muestras más de que las apariencias engañan

y de que detrás de un texto hay mucho más que letras y líneas.

Una muestra más de que lo bonito a veces es feo

y de que lo deseado no es siempre lo encontrado.

Indaga e imagina. Si así lo haces,

encontrarás el mensaje aquí enrevesado,

Vuela y siente, lee y entiende, escribe y transmite.

Tu y yo sabemos que detrás de las palabras

se encuentran las verdaderas hazañas:

las de la mente, el alma y el corazón.

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Actividades alternativas

Hace mucho tiempo que tenía ganas de empezar una sección así, dedicar una parte de mi blog a compartir experiencias que llevo a cabo y unir dos de mis grandes aficiones, la escritura y el pasar tiempo en el medio natural que nos rodea.

 Siempre me ha gustado la naturaleza, hacer actividades donde pueda estar rodeada de árboles, de sonidos de animales y de olores de plantas de temporada. Gracias a este gusto por el medio ambiente, hace unos meses  me inicié en el mundo de las plantas medicinales. Esta curiosidad ya me venía de atrás, desde mi más tierna infancia. A veces, cuando nos dolía algo, acudíamos al curandero del pueblo, Jamín, y él  gracias a sus ungüentos aliviaba dolores musculares y de huesos. Yo quedaba fascinaba, tan pequeña cómo era, me preguntaba cómo podía pasar algo así; volvía loco a Jamín, le hacía preguntas sin parar y él, para deshacerse de mi curiosidad, se limitaba a decir que hacía magia.  Y en parte tenía razón, son muy pocos los que son tocados con la magia de la curiosidad hacia este mundo, hacia el querer hacer las cosas de manera natural, con sus propias manos y alejándose de químicos que dañan nuestro cuerpo.

Con el paso del tiempo, me fui haciendo mayor y sentía como mi vínculo hacia la naturaleza crecía más y más. Me encantaba ir con la bici al monte, llevar un libro y pasar horas leyendo entre encinas y pájaros, recolectar flores silvestres, oler jara, encontrar huesos de animales de épocas pasadas y decorarlos en casa, recoger basura que gente sin escrúpulos dejaba en medio de las praderas  o entre los árboles y, sobre todo, cárgame de tranquilidad, felicidad y creatividad.

No sé en qué momento Jamín vino de nuevo a mi cabeza; tal vez fue al ver a mi abuela Herminia hacer jabones caseros usando sebo del cerdo de la última matanza, o al ver como las cremas caras que compraba en la farmacia causaban una mala reacción en mi piel o al ver como las cremas industriales para paliar los dolores musculares que mi padre usaba no eran útiles. Creo que fue un conjunto de coincidencias el que hizo que algo dentro de mí hiciera clic y despertara un nuevo hobbie/ obsesión.

A partir de ahora compartiré actividades bonitas que realizo en  medio de la naturaleza, actividades que unas veces hago sola y otras con ayuda de mi hermana Miriam y con la gran colaboración de mi sobrinita Azahara, me encanta estar transmitiéndole el gusto por la naturaleza y las cosas hechas por uno mismo. En el mundo en el que vivimos, donde estamos saturados de tecnología, es casi un regalo del universo tener a alguien que comparta actividades tan mágicas y educativas contigo.

Este especio es también para dar ideas a mamás y papás, a tíos y a tías, abuelos y abuelas y a hermanos y a hermanas para que, ahora que estamos en una gran estación, realicen actividades con los más pequeños de la casa, actividades alejadas de dibujos, videojuegos y pantallas.Resultado de imagen de actividades en la naturaleza con niños

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10.957 Noches- Colaboración 8

Estoy en la habitación de un hotel cualquiera, de una ciudad cualquiera, del norte de España, del sur de Europa. Es de noche, con ella, y la soledad, me invade cierta nostalgia. Me viene a la cabeza el comienzo de la historia... bueno, ciertamente yo no lo recuerdo, pero me han contado que fue un veintitrés de septiembre de mil novecientos ochenta y ocho, era un día lluvioso con un recién estrenado otoño, tal vez ahí pueda encontrar el porqué de mi amor por los días de tormenta y agua, y la filia que siento por los descansos nocturnos con un fondo sonoro de viento y lluvia acariciando las contraventanas. Desde entonces, han pasado casi tres décadas de aquel magnífico y radiante día de sol ausente. No sé cómo hemos llegado hasta aquí, cuando miro atrás, los años se esfuman, como el humo de una pipa de esas que ya no se ven ni a los más viejos del lugar. La añoranza por lo que fuimos, a veces, me nubla la visión esperanzadora de lo que seremos. Me siento partícipe de una generación, que estoy seguro, entrará en los libros de historia, nos han llegado a despreciar denominándonos "la generación perdida", ¿perdida?, el camino que habíamos construido, lo derribaron a causa del peso de la codicia personal, de los que robaron hasta el último sueño del que no se supo volver a reinventar. 

Veinticuatro de junio de dos mil dieciocho, mis sueños siguen intactos en la caja fuerte que hay escondida en algún rincón de mi mente, las ganas de seguir sintiendo mi corazón latir, aumentan en la misma proporción que disminuye el tiempo que me queda por vivir. Miro el reloj, el segundero no se detiene, quedan pocas horas para que suene el despertador, asomo la mirada a través de la ventana y el cielo está completamente estrellado, suspiro; igual que cuando era un niño, me sigo preguntando que hay allí arriba, o ¿qué es un universo infinito?, miles de millones de galaxias en ese infinito que desordena mi mente, y yo, en algún ínfimo punto de una de ellas, buscando respuestas a preguntas imposibles, me doy cuenta, que sigo siendo la esencia del niño que empezó aquella única, vibrante, y ojalá, larga historia. Continuará...

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Javier

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Mis dos pulseras

Apenas he dormido tres horas y mi cabeza no para.

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Son las dos de la mañana y estoy en una plaza un tanto extraña; al fondo un edificio deteriorado,  posiblemente un antiguo seminario, y a la derecha diviso en dos ventanas, en diferentes pisos,  como dos chicos se afanan en estudiar lo que, seguramente, será su último esfuerzo formativo antes del verano. Estoy algo revuelta, la cerveza causa últimamente estragos negativos en mí. ¿Nerviosa? Puede, pero me encanta esa sensación, me encanta ponerme a prueba.

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Son las 10 de la mañana. No he parado de dar vueltas en la cama, la crisis existencial vuelve a mí. ¿En serio quiero esto para mi vida? ¿De verdad quiero trabajar el resto de mi vida aquí? ¿Hasta el momento, he hecho algo que merezca la pena ser contado a alguien? y un largo etcétera de preguntas sin respuesta.

La noche pasada, en el parque, de nuevo se puso mi sistema de creencias en jaque. A mí alrededor todo el mundo sigue los mismos patrones, pero hay algo dentro de mí, supongo que es mi verdadero yo deseando salir, que me dice que no quiero guiarme por esas normas, ni seguir esos estándares y que, ciertamente, anhelo una vida completamente diferente.

Escucho ensimismada las historias que me cuentan de una vida de aquí para allá, de un constante ir y venir, de saber dónde te levantas pero no saber dónde dormirás, de llevar como único equipaje una mochila y unas botas/zapatillas desgastadas que han pisado más suelos que cualquier ser humano normal y corriente, del dar más importancia a las experiencias que al dinero, del probar diferentes sensaciones en diferentes países, del tener historias que merecen ser contadas una y otra vez, del no hacer planes a largo plazo, del vivir a la marcha, al máximo y exprimiendo cada minuto y, sobre todo, conociendo gente una y otra vez. Todo esto me motiva; me motiva mucho más que la larga lista que veo cada mañana sobre mi escritorio de cosas que debo hacer antes de cumplir los treinta, una lista socialmente establecida.

Y es que en el fondo ni siquiera eliges al 100% el corte de pelo que llevas; todas las decisiones que tomas están condicionadas por las experiencias que has vivido, por la educación que has recibido en casa, el discurso que has escuchado constantemente a tu alrededor, el ejemplo de vida que prima en tu pueblo o en tu ciudad…todo eso hace que, la mayor parte de las veces, te decantes por unos estudios o por otros, por un estilo de vida o por otro y por una manera de pensar u otra. ¿Quién sabe lo que sería ahora si hubiera nacido en Tailandia o en Cuba? Tal vez sería una encantadora instructora de buceo con más de 500 inmersiones realizadas o una mochilera atrevida viajando sin parar.

En mi mano izquierda una pulsera que me recuerda el placer de atreverse a salir de la zona de confort, una pulsera que alguien me regalo en un lugar al que no me hubiera atrevido a ir si no hubiera dejado atrás el miedo y el qué dirán. Y en mi mano derecha, el recuerdo de una persona que me ayudo a que la crisis existencial aflorara, a que me planteara si mi vida tal y como era hasta el momento tenía sentido. Y si, constantemente llevo estas dos pulseras conmigo, como amuletos, como mantras, como guías para no olvidarme del camino que mi yo verdadero quiere que siga.

¿Por qué debemos tener un solo trabajo si podemos disfrutar de tantas experiencias como deseemos? ¿Por qué elegir un lugar para vivir si hay millones de sitios esperando ser descubiertos y disfrutados? ¿Por qué tener miedo a un futuro sin seguridad social o pensión si ahora tengo 27 años y un montón de años por delante para exprimir cada recoveco del mundo? ¿Tiene sentido ganar dinero únicamente para tener cosas o para pagar deudas? ¿Tiene sentido perder tu tiempo para ganar un dinero que después vas a gastar en algo material, en algo efímero?...

Qué dilema constante…odio la rutina, odio llevar un año en el mismo lugar, mi creatividad se está apagando ante esta situación, mi yo verdadero no para de mandarme mensajes a través de sueños y de dolencias físicas para que reaccione y yo, con el hijo de puta del miedo acuestas, no hago nada para cambiar esta situación.

Pero me encanta conocer personas que,  aparentemente, son diferentes pero, en el fondo, son iguales a mi yo real; personas que se comen el mundo, que quieren conocer cada rincón de este precioso planeta, personas sin imponerse normas sociales absurdas, personas que tienen miles de historias dignas de ser escuchadas y admiradas, personas inteligentes a nivel inter e intrapersonal y, en definitiva, personas que el universo pone ante mí para que por fin, haga clic y diga: "mañana cojo una mochila y me piro a recorrer el mundo".

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Del escrito arrugado entre las hojas del libro viajero (Relato 2)

Mismo papel, más abajo, no sé ni qué hora es. Quiero escribir algo y salir a la calle.

Todo este tiempo de vida ha sido bonito, unas veces arriba y otras abajo pero siempre aprendiendo y creciendo interiormente.

Las lecciones de este monstruo que es la vida han sido, muchas veces, amargas pero otras, también, dentro de lo malo, han sido esplendidas; el patrón se repetía, una y otra vez, cada vez con mayor grado de intensidad. Hasta llegar a él. Él llegó y se fue, pero la vida me dio la sabiduría que tanto había buscado, el porqué llegó. No era lo de fuera, no eran los demás, solo era yo y mi mundo interior.

Y después de todo, aquí me encuentro, escribiendo en una casa que no es mía, con la camisa del revés (me acabo de dar cuenta al ver la etiqueta), con ganas de clímax de alguien que parece estar a cien mil millas de aquí.

Pero, curiosamente, estos días, la lección llegó de nuevo a mí, la sabiduría me invadió y lo vi todo con más claridad aún. No importa cuán lejos se vayan las personas que quieres o, más bien, amas, no importa que no cumplan lo que dijeron o que no se ajusten a tus expectativas. Lo más importante es no atar a nadie, dejar que el pájaro vuele, que el saltamontes brinque, que el lagarto huya y que el grillo cante pero, sobre todo,  no importa lo que suceda mientras seas fiel a ti mismo, mientras te dejes volar, brincar, huir y cantar cuando lo desees.

El mundo está lleno de almas bonitas, unas son valientes, otras un poco miedicas. La belleza reside en dejar ir a cada una de esas almas que se cruzan en tu camino, dejando a elección propia el quedarse o irse, porque la que decida quedarse, será el alma predestinada a caminar junto a ti, construyendo y aprendiendo mutuamente, sin exigencias, ni expectativas terrenales, solo amor, sinceridad y magia.

Al final salgo a la calle, miro la torre de la iglesia y me siento en el banco de enfrente. Curiosa y misteriosamente el reloj empieza a sonar, 12 campanadas de una noche de finales de marzo. Hace calor, me siento, camino, observo la belleza del lugar, nadie en la calle, solo, muy a mi pesar, mis pensamientos y yo.

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